Ford GT90: el superdeportivo que podría haber dominado a Ferrari en los 90

1995-ford-gt90-concept_lateral

Corrían los años 60 cuando los Beatles despuntaban tocando canciones que más tarde pasarían a la historia de la música. Al mismo tiempo, Ford se empeñaba en batir a Ferrari en Le Mans. Ante la negativa final de Enzo Ferrari para vender su escudería a Henry Ford II, este último se marcó como objetivo batir a los Ferrari en la pista -que habían ganado en Le Mans seis veces consecutivas desde 1960 hasta 1965-. De este deseo nació el Ford GT40, el auto que ganaría las 24 Horas de Le Mans cuatro veces consecutivas entre los años 1966 y 1969, consiguiendo incluso copar los tres peldaños del podio con un triplete en 1966.

El GT90 surgió para homenajear de alguna forma a aquel auto que arrasó en competición en la década de los sesenta; un concept que jamás pasó a producción pero que ha quedado en el recuerdo de mucha gente gracias a un diseño espectacular y unas características que lo pudieron convertir en el auto más avanzado de su tiempo.

El GT90 vio la luz en el Salón de Detroit de 1995. Por aquel año, la joya de la corona del automovilismo era el McLaren F1: un auto que aún hoy sigue superando a muchos superdeportivos en cuanto a prestaciones y sensaciones de conducción. Un auto diseñado sin complejos ni ataduras cuyo único fin era ser el mejor auto fabricado jamás. Al McLaren habría que añadir los Bugatti EB110 y Jaguar XJ220 en el pináculo del automovilismo, al que poco después entraría de lleno el Ferrari F50. Y todos ellos se podrían haber visto eclipsados por el GT90 si Ford hubiese dado ese último paso…

Con un diseño inspirado en la aviación, concretamente en los aviones de combate caza-bombarderos, el GT90 estrenaba un nuevo lenguaje de diseño(denominado ‘New Edge’) que en los años posteriores se vería reflejado en los Ka, Cougar, Focus o Puma de producción y que se desarrollaría a lo largo de los 90 y la década del 2000. Las aristas y los ángulos afilados eran los protagonistas de sus líneas, de espectaculares proporciones, que se combinaban con una cúpula íntegramente de vidrio laminado que dotaba al GT90 de una visión perimétrica similar a la de un caza, además de aportar sensación de mayor amplitud desde el interior.

Un interior bañado de azul (aunque en las fotos dé la sensación de morado) con una consola central flotante y que, a diferencia de autos como el Lamborghini Diablo, era amplio, bastante cómodo según los que pudieron probarlo y con buena visibilidad hacia el exterior. Además era fácil acceder y salir del habitáculo, una ventaja respecto a muchos de los superdeportivos de similares características.

El desarrollo del auto costó 3 millones de dólares y llevó sólo seis meses, un corto espacio de tiempo posible gracias a que el GT90 tomaba algunas piezas del Jaguar XJ220 -recordemos que en aquellos días Jaguar pertenecía a Ford-. Del XJ220 se cogieron las suspensiones y la caja de cambios manual de 5 velocidades, probablemente la única característica del GT90 que hoy en día suene arcaica. Una anécdota curiosa es que la mula de pruebas del GT90 fue, según algunas fuentes, un Lincoln Town Car: el taxi neoyorquino por antonomasia.

El GT90 empleaba las tecnologías más avanzadas de su tiempo. Tenía un chasis monocasco fabricado en aluminio cuyos paneles circundantes estaban fabricados en aluminio con aleación de acero, para reforzar la rigidez torsional. Para la carrocería se empleó fibra de carbono, material con el que estaba fabricado también su alerón trasero activo: una singularidad que en la actualidad se equipa en muchos deportivos pero que en 1995 era una característica innovadora. Gracias a la aerodinámica activa el GT90 ganaba agarre y estabilidad en el paso por curva a gran velocidad.

Porque el GT90 era capaz de alcanzar mucha velocidad… Muchísima, de hecho. Su motor era un V12 de 5.9 litros (aunque generalmente se dice que era un motor de 6.0 litros, su cubicaje era de 5.927 cm³) sobrealimentado con cuatro turbos Garrett que rendía una potencia máxima de 730 CV a 6600 rpm y era capaz de entregar 895 Nm de par a 4750 rpm. El motor generaba tanto calor que la parte trasera del GT90, incluyendo las salidas de escape, tuvo que recubrirse de materiales cerámicos similares a los empleados por la NASA en sus naves aeroespaciales. De modo contrario, la elevada temperatura que se generaba (en torno a los 700º C) achicharraba algunos materiales de la parte trasera del vehículo además de estropear la pintura.

Este motor V12 era la unión de dos bloques de seis cilindros que eran, a su vez, un tipo de engendro surgido a partir de unos bloques V8 de Lincoln. De estos motores Lincoln se cogieron los 3,5 primeros cilindros y los 2,5 últimos para, una vez soldados, formar un bloque de seis cilindros; la unión de dos de estos bloques acabó formando el V12 resultante. Los pistones y válvulas eran piezas de Ford, mientras que el cigüeñal y el árbol de levas los fabricó Roush Technologies, quien se encargaría también de ensamblar todo el motor.

Gracias a la increíble potencia de su motor (casi 100 CV más potente que el McLaren F1 y 200 CV más que el Ferrari F50) y a su cuidada aerodinámica, el GT90 pulverizaba cualquier récord de velocidad. O podría haberlo hecho de haberse acabado llevando a producción… Ford declaró una velocidad máxima oficial de 379 Km/h, aunque las estimaciones auguraban una punta de 407 Km/h. Una cifra que, de haberse conseguido, hubiera eclipsado a todos los autos de su época y, quién sabe, quizá se hubiera mantenido imbatido hasta la aparición del Bugatti Veyron veinte años después. Y a pesar de contar con tracción sólo a las dos ruedas traseras, el GT90 aceleraba de forma bestial: de 0 a 97 Km/h en 3 segundos y de 0 a 160 Km/h en 6,2 segundos. Cifras absolutamente demoledoras.

El GT90 no era un concept al uso; plenamente funcional, otorgaba unas prestaciones de infarto y unas sensaciones de conducción que dejaron maravillados a los pocos que pudieron probarlo. Uno de ellos fue John McCormick, de MotorTrend; dijo del GT90 que era “muy rápido, ágil en las curvas y con un tremendo poder de frenada”. Jeremy Clarkson lo probó para Top Gear, en 1996, y fue demoledor: “Es el cielo en la tierra. Podría convertirse en el auto más fascinante hecho jamás”.

El GT90 tenía todo: era potente, muy rápido, tenía un diseño rompedor en nada parecido a lo visto hasta entonces y que aún hoy resulta espectacular y, a pesar de ser un concept, era brillante dinámicamente. De haberse desarrollado como auto de producción, puliendo todos los detalles y mejorando el auto hasta el final, a buen seguro el GT90 hubiera cambiado la historia del automóvil tal y como la conocemos hoy.

Salir de la versión móvil